Una ilustración al estilo de un grabado en madera que muestra un gran bisonte americano de color marrón de pie sobre un mapa vintage y estilizado de Estados Unidos. Un humo oscuro y denso se eleva desde una bomba de extracción de petróleo y una torre de perforación que aparecen en el mapa, envolviendo al bisonte y llenando la parte superior del cielo. Ilustración de Pep Montserrat para Foreign Policy
En julio de 1943, mientras los estadounidenses invadían Sicilia y avanzaban de isla en isla por el Pacífico sudoccidental, los habitantes de Los Ángeles creían que eran blanco de un ataque de guerra química japonés. El aire olía a lejía y a neumáticos corroídos. Los pilotos no podían ver a través de las nubes marrones para aterrizar sus aviones con seguridad.
Alan Greenspan (Nueva York, 1926 – Washington, 2026) presidió la Reserva Federal de los Estados Unidos durante casi dos décadas, entre agosto de 1987 y enero de 2006, sirviendo bajo cuatro presidentes: Ronald Reagan, George H. W. Bush, Bill Clinton y George W. Bush. Durante ese período, se convirtió en una figura cuasi-mítica del capitalismo financiero global: sus discursos eran analizados palabra por palabra por inversores, gobiernos y bancos centrales de todo el planeta, pues cualquier señal sobre las tasas de interés podía alterar el rumbo de los mercados. La prensa financiera llegó a llamarlo «el hombre más poderoso del mundo», y el periodista Bob Woodward le dedicó una hagiografía bajo el título de El Maestro. Su fallecimiento en junio de 2026, a los 100 años, a causa del Parkinson, ha reabierto el debate sobre uno de los legados más ambivalentes de la economía contemporánea.[1][2][^3]
Sin embargo, desde una perspectiva heterodoxa —que incluye las corrientes poskeynesiana, institucionalista y de la economía política crítica— Greenspan no es simplemente un gran banquero central: es el emblema más acabado de las contradicciones del pensamiento económico dominante en la segunda mitad del siglo XX, y su testimonio ante el Congreso de los Estados Unidos en octubre de 2008, cuando reconoció haber encontrado un «flaw» (defecto) en su modelo del mundo, constituye uno de los más elocuentes mea culpa de la historia del pensamiento económico moderno.[4][5]
Para entender la trayectoria de Greenspan, es indispensable comenzar por sus fuentes intelectuales. En la década de 1950, el joven economista neoyorquino se incorporó al círculo de la escritora y filósofa Ayn Rand, referente del objetivismo filosófico y defensora a ultranza del capitalismo laissez-faire. En aquellos años incluso contribuyó con ensayos al volumen Capitalismo: El Ideal Desconocido, donde defendió el patrón oro y criticó abiertamente la existencia de la propia Reserva Federal, institución que más tarde presidiría por 19 años.[6][3]
Esta paradoja fundacional no es menor: Greenspan llegó a la cúpula de la política monetaria de los Estados Unidos siendo, en su fuero intelectual más profundo, un escéptico de la banca central y un defensor del orden espontáneo del mercado. Su pensamiento combinaba el libertarismo randiano con una forma de monetarismo pragmático: confiaba en que los agentes financieros, guiados por el interés propio, protegerían el capital de sus accionistas y, por tanto, el sistema financiero se autoequilibraría sin necesidad de regulación externa. Esta premisa —la autorregulación de los mercados financieros— sería el núcleo de lo que él mismo denominó su «ideología» y que la crisis de 2008 demostraría como radicalmente insuficiente.[7][4]
La presidencia de Greenspan en la Fed abarcó uno de los períodos de expansión económica más prolongados de la historia de los Estados Unidos, que se extendió de 1991 a 2001. La economía creció sostenidamente, la inflación se mantuvo bajo control y el desempleo descendió a niveles históricamente bajos. Este ciclo exitoso alimentó su aura de infalibilidad y reforzó institucionalmente las ideas de libre mercado que él encarnaba.[^8]
Sus políticas más influyentes pueden sintetizarse en tres ejes:
Tasas de interés artificialmente bajas: Greenspan mantuvo tipos de interés reducidos durante los años posteriores al estallido de la burbuja tecnológica del año 2000 y los ataques del 11 de septiembre de 2001, abaratando el crédito y estimulando el consumo y la especulación inmobiliaria.[^3]
Derogación de la Ley Glass-Steagall: Greenspan ejerció una presión decisiva sobre el Congreso y el gobierno Clinton para derogar esta norma, que desde 1933 impedía que la banca comercial se dedicara a grandes inversiones especulativas. Su eliminación en 1999, con el Nobel de Economía Paul Krugman calificándolo de uno de sus «errores más grandes», abrió las puertas a la explosión del sector financiero estadounidense.[^2]
Oposición a la regulación de derivados: En 1999, Greenspan se alió con el secretario del Tesoro Larry Summers para bloquear las propuestas de Brooksley Born, presidenta de la Commodity Futures Trading Commission (CFTC), quien intentaba establecer controles sobre los instrumentos financieros derivados que, años más tarde, esparcirían la infección hipotecaria por el sistema bancario global.[^2]
Estos tres pilares constituyeron la arquitectura regulatoria —o más precisamente, la arquitectura de la desregulación— que permitió la acumulación de una fragilidad financiera sistémica sin precedentes en tiempos de paz.
El economista heterodoxo más relevante para comprender la crisis de 2008 y la responsabilidad de Greenspan es, sin duda, Hyman Minsky (1919-1996). Minsky desarrolló la Hipótesis de la Inestabilidad Financiera (HIF), que postula que el capitalismo es inherentemente inestable: los períodos de estabilidad y prosperidad no consolidan el equilibrio, sino que lo erosionan, porque incentivan a los agentes económicos a asumir posiciones financieras cada vez más frágiles.[9][10]
Minsky identificó tres tipos de prestatarios que caracterizan la evolución del ciclo financiero:
Unidades de cobertura (hedge borrowers): pueden pagar capital e intereses con sus flujos de caja corrientes; son la base de un sistema financiero robusto.[^11]
Unidades especulativas (speculative borrowers): solo pueden pagar los intereses; el principal debe refinanciarse; dependen de que los activos sigan apreciándose.[^11]
Unidades Ponzi (Ponzi borrowers): no pueden pagar ni capital ni intereses; dependen enteramente de que el valor del activo siga subiendo para refinanciarse.[^11]
La conclusión de Minsky es demoledora para el marco conceptual de Greenspan: cuanto más larga es la prosperidad, más el sistema financiero migra desde las unidades de cobertura hacia las especulativas y Ponzi. La estabilidad genera inestabilidad. Y cuando el precio de los activos deja de subir —cuando la burbuja se detiene—, el colapso es inevitable y sistémico.[^9]
Desde esta perspectiva, la doctrina de la autorregulación que Greenspan aplicó durante dos décadas no era simplemente ingenua: era activamente peligrosa. Al mantener tasas de interés bajas durante períodos prolongados y eliminar las restricciones regulatorias, Greenspan no solo permitió sino que aceleró el proceso de fragilización financiera que Minsky había descrito con precisión analítica décadas antes. El llamado «Greenspan put» —la percepción, ampliamente extendida en los mercados, de que la Fed siempre intervendría para rescatar al sistema ante cualquier caída— fomentó la especulación, debilitó la percepción del riesgo y generó un daño moral (moral hazard) creciente.[^12]
Desde la perspectiva institucionalista y poskeynesiana más amplia, el problema de Greenspan no era meramente técnico —un error de calibración en los modelos— sino epistemológico y político. La teoría convencional que él encarnaba descansa en la hipótesis de los mercados eficientes y en el supuesto de las expectativas racionales: los agentes conocen bien el riesgo, los precios incorporan toda la información disponible y los mercados se autoequilibran. Pero la crisis de las hipotecas subprime demostró que los modelos de gestión de riesgo utilizados por la industria financiera habían sido calibrados con datos de solo dos décadas de prosperidad, sin incluir períodos de estrés histórico. Se trataba, en términos de Minsky, de un sistema que se había olvidado de que las crisis existen.[^7]
El 23 de octubre de 2008, en plena vorágine de la Gran Recesión, un Alan Greenspan envejecido y visiblemente conmovido compareció ante el Comité de Supervisión y Reforma Gubernamental del Congreso de los Estados Unidos. La escena fue descrita por El País como la aparición de «un anciano demacrado y gris que no era ni la sombra de aquel gigante al que adoraban» los grandes nombres de la economía mundial.[13][7]
El intercambio con el congresista demócrata Henry Waxman fue histórico:
Waxman: «¿Descubrió usted que su visión del mundo, su ideología, no era correcta, no funcionaba?»
Greenspan: «Absolutamente. Esa es precisamente la razón por la que estaba en estado de shock. Porque durante más de 40 años trabajé con considerables evidencias de que funcionaba excepcionalmente bien.»[5][4]
Greenspan describió la crisis como un «tsunami crediticio de una vez cada siglo» y reconoció que quienes, como él, habían confiado en el interés propio de las instituciones financieras para proteger el capital de sus accionistas, se hallaban en un «estado de incredulidad conmocionada». Identificó como causa central del colapso el fracaso en la valoración adecuada del riesgo en los activos securitizados, particularmente las hipotecas subprime empaquetadas como títulos y vendidas globalmente bajo calificaciones crediticias erróneas.[5][7]
Sin embargo, una lectura crítica de su testimonio revela que el reconocimiento de Greenspan fue parcial y estratégicamente limitado. Admitió haber encontrado un defecto en su modelo, pero atribuyó la causa fundamental a las fallas de las agencias de calificación y a la demanda irracional de los inversores globales, eludiendo en gran medida la responsabilidad directa de su política monetaria y su postura antirregulatoria. En una comparecencia posterior, en 2010, reconoció haber cometido errores el 30% de las veces, pero insistió en que la burbuja inmobiliaria no fue culpa de su política de tasas bajas, sino de los tipos a largo plazo determinados por el mercado y de las «tácticas de Wall Street».[^14]
Desde una perspectiva heterodoxa, la trayectoria de Greenspan ilustra tres paradojas fundamentales del pensamiento económico dominante:
Primera paradoja: El regulador antiregulación. Un hombre que llegó al poder creyendo que los mercados financieros no necesitan supervisión externa utilizó ese mismo poder para desmantelar los mecanismos de supervisión que existían. La Ley Glass-Steagall, el marco regulatorio sobre derivados, los estándares de crédito hipotecario: todo fue liberalizado bajo su influencia. Lo que la economía heterodoxa señala es que esta no fue una decisión técnica neutral, sino una opción ideológica y política con consecuencias distributivas devastadoras para millones de hogares.[15][2]
Segunda paradoja: La estabilidad como fuente de inestabilidad. La «Gran Moderación» —ese período de baja volatilidad macroeconómica que coincidió con su mandato y que los economistas convencionales celebraron como evidencia de la superioridad de sus políticas— fue, desde la óptica minskyana, el caldo de cultivo de la mayor fragilidad financiera de la historia reciente. Los largos períodos sin crisis no indican que el sistema sea robusto; indican que la acumulación de riesgo es invisible hasta que es demasiado tarde.[16][12]
Tercera paradoja: La falacia de la autorregulación. El axioma central de la visión de Greenspan —que las instituciones financieras, guiadas por el interés propio, protegerían el capital de sus accionistas y, por ende, al sistema en su conjunto— ignoró los problemas de agencia internos a las propias firmas financieras. Los gestores de riesgo en los bancos de inversión tenían incentivos a maximizar ganancias en el corto plazo, y el tamaño sistémico de las instituciones generaba un too big to fail que socializaba las pérdidas mientras privatizaba las ganancias. La regulación no es una interferencia en el mercado: es la condición de posibilidad de su funcionamiento.[^15]
La pregunta que la economía heterodoxa le formula a Greenspan —y, más ampliamente, al paradigma que encarnó— no es si encontró un defecto en su modelo. Es por qué ese defecto era predecible, estaba predicho y fue ignorado. Hyman Minsky, Michal Kalecki, Wynne Godley y otros economistas heterodoxos habían advertido, con décadas de antelación, que la financiarización de la economía, la desregulación bancaria y la fe ciega en la autorregulación del mercado conducirían precisamente a la clase de colapso que ocurrió en 2008.[17][9]
Alan Greenspan fue un economista brillante y un funcionario decisivo. La economía estadounidense creció ininterrumpidamente bajo su mandato durante períodos prolongados. Pero su grandeza como gestor de la política monetaria coexistió con una ceguera analítica e ideológica que lo incapacitó para ver lo que las tradiciones heterodoxas veían con claridad: que el capitalismo financiero no se autoregula, que la estabilidad es transitoria y endógenamente frágil, y que los mercados necesitan instituciones y reglas para no destruirse a sí mismos.
Su confesión de 2008 fue honesta en tanto reconocimiento personal. Pero también subrayó el límite político de esa honestidad: ni Greenspan ni el sistema del cual fue parte reconocieron que el problema no era un «defecto técnico» en un modelo de gestión de riesgo, sino la adopción sistemática de una visión del mundo que suponía que las contradicciones del capitalismo podían ser administradas con tasas de interés y que el poder financiero se autorregulaba en beneficio colectivo. La hegemonía de esa visión, como señala El País en su obituario de junio de 2026, sobrevivió al propio Greenspan: «Greenspan ha fallecido, pero la ideología que siempre defendió sigue viva y coleando».[^13]
La crisis de 2008 no fue un accidente ni una anomalía: fue el resultado previsible de políticas basadas en una teoría incompleta del dinero, del crédito y del poder. Esa es la lección que el heterodoxo extrae del legado del Maestro.
Imagen: Generada por IA en base de la foto de R. Talaie
Por: Guido Duque Suárez y Juan Gonzales
La reciente muerte de Edmund S. Phelps en mayo de 2026 marca el cierre de una de las trayectorias intelectuales más influyentes de la economía contemporánea. A lo largo de más de seis décadas de producción académica, Phelps contribuyó decisivamente a transformar la manera en que la teoría macroeconómica comprende la relación entre inflación, desempleo, expectativas, acumulación de capital y crecimiento económico. Formado en Yale y profesor durante gran parte de su carrera en Columbia University, su obra dejó una huella profunda tanto en la investigación económica como en los debates sobre política pública.
Su importancia histórica no radica únicamente en haber anticipado algunas de las discusiones centrales de la política monetaria moderna, sino también en haber puesto de relieve la dimensión intertemporal de las decisiones económicas. Desde esta perspectiva, cuestiones como el control de la inflación, la formación del ahorro, la inversión productiva o la innovación tecnológica implican elecciones entre costos presentes y beneficios futuros. Esta preocupación por los incentivos, las expectativas y la capacidad creativa de las economías capitalistas constituyó uno de los ejes permanentes de su pensamiento.
Sin embargo, la influencia de Phelps no estuvo exenta de controversias. Sus contribuciones suscitaron importantes debates con diversas corrientes heterodoxas, particularmente con la tradición poskeynesiana, que cuestionó varios de los supuestos teóricos sobre los que descansan sus modelos. Precisamente por ello, examinar su legado exige no solo reconocer la originalidad y el impacto de sus aportes, sino también evaluar críticamente los límites y tensiones de su obra. Analizaremos las principales contribuciones de Phelps a la teoría económica moderna y analizar su vigencia a la luz de los debates que continúan moldeando la macroeconomía contemporánea.
La trayectoria intelectual del profesor Phelps es amplia, pero algunas contribuciones destacan por su impacto duradero. La primera de ellas es su reformulación de la curva de Phillips a fines de los años sesenta. Frente a la visión dominante de la época, que establecía una relación negativa estable entre inflación y desempleo que los hacedores de políticas públicas podían explotar de forma relativamente permanente, Phelps sostuvo que esa relación dependía de las expectativas inflacionarias de empresas y trabajadores [cite:1]. Si los agentes ajustan sus expectativas a la inflación observada, una expansión de la demanda puede reducir el desempleo solo transitoriamente; pero al largo plazo, la economía retorna a una tasa de desempleo de equilibrio y el intento de sostener el empleo por debajo de ese nivel termina produciendo inflación creciente [cite:1]. Esta idea, conocida como curva de Phillips aumentada por expectativas, modificó de raíz la teoría y la práctica de la política macroeconómica, y dialogó de manera muy estrecha con el planteamiento de Milton Friedman. Sin embargo, Phelps priorizó los fundamentos microeconómicos del ajuste salarial y del funcionamiento del mercado de trabajo [cite:1].
Relacionado con el aporte anterior, aparece su teoría de la tasa natural o de equilibrio de desempleo. Phelps argumentó que el desempleo compatible con la estabilidad inflacionaria no es un residuo accidental, sino el resultado de mecanismos concretos del mercado laboral, entre ellos la búsqueda de empleo, las fricciones de emparejamiento y la fijación salarial por parte de las firmas [cite:1]. El documento de la Academia Sueca destaca además que Phelps fue pionero en incorporar a la macroeconomía elementos de la hipótesis de salarios de eficiencia, según la cual a veces conviene a las empresas pagar salarios relativamente altos para elevar la moral, reducir la rotación o atraer trabajadores más calificados [cite:1]. Con ello, el desempleo dejó de verse únicamente como insuficiencia de demanda agregada y pasó a entenderse también como un fenómeno dinámico con estrechos vínculos con los incentivos, expectativas y en la estructura institucional del mercado de trabajo [cite:1].
Justamente por esos vínculos, este enfoque resulta particularmente revelador para entender el cada vez más precario mercado laboral de los países en desarrollo. Allí, como contraste de los supuestos de la teoría dominante, predomina un empleo de baja productividad en el sector servicios, una manufactura con escasa innovación y la estructura productiva depende en gran medida de materias primas de exportación con bajo valor agregado. De allí que estas ideas invitan a repensar las políticas laborales en estos contextos, orientándolas hacia la capacitación de los trabajadores y alejándolas de estrategias de precarización que, aunque frecuentes en la actualidad, terminan siendo contraproducentes. Asimismo, el sector empresarial, a menudo concentrado en la maximización de su ganancia en el corto plazo, está llamado a superar esas miradas cortoplacistas y a incorporar estas recomendaciones como una vía para innovar y fortalecer su cadena productiva.
Una segunda línea de trabajo, menos difundida en el debate público, pero igual de influyente, fue su teoría de la acumulación y del crecimiento. En su célebre formulación de la “regla de oro” de la acumulación, Phelps planteó que una economía debe buscar la trayectoria de ahorro e inversión que permita maximizar el consumo per cápita sostenible en el largo plazo [cite:1]. El punto clave es ético y económico a la vez: la distribución del bienestar entre generaciones importa, y por tano la elección entre consumir hoy o invertir mañana no puede tratarse como una cuestión puramente técnica [cite:1]. A su vez, Phelps amplió esta preocupación hacia el capital humano y la investigación y desarrollo. En su trabajo con Richard Nelson subrayó que una fuerza laboral más educada facilita la adopción y difusión de nuevas tecnologías, un aspecto decisivo para explicar por qué algunos países logran converger hacia mayores niveles de productividad [cite:1]. En este terreno, su reflexión establece un diálogo indirecto con la tradición del crecimiento endógeno, aunque Phelps mantuvo siempre un interés más amplio por los fundamentos morales y sociales de la acumulación que por la sola formalización matemática [cite:1].
A ese recorrido debe añadirse una faceta más tardía, pero central para comprender su perfil intelectual completo: su defensa del “capitalismo del dinamismo”. En libros y ensayos posteriores a sus trabajos macroeconómicos clásicos, Phelps sostuvo que las economías más exitosas no son necesariamente las que maximizan la coordinación burocrática o la mera estabilidad, sino aquellas que fomentan la experimentación descentralizada, la innovación cotidiana y la participación creativa de amplias capas de la sociedad en la vida productiva. Este aspecto introduce un matiz singular en su pensamiento: aunque su caja de herramientas analítica pertenece en gran medida a la macroeconomía ortodoxa, su preocupación por la vitalidad cultural del capitalismo, por el sentido del trabajo y por la inclusión en los procesos de innovación lo aleja de una visión puramente mecánica del mercado.
El Premio Nobel de Economía de 2006 reconoció precisamente ese doble alcance de su obra. La Academia Sueca destacó, por un lado, sus aportes al análisis intertemporal de la política macroeconómica, en particular la incorporación de las expectativas a la relación entre inflación y desempleo y la formulación de un marco para comprender el desempleo de equilibrio [cite:1]. Por otro lado, subrayó sus contribuciones a la teoría de la formación de capital, la regla de oro de la acumulación, la ineficiencia dinámica, las preferencias intertemporales y el papel del capital humano y la investigación en el crecimiento [cite:1]. El premio, por tanto, no se limitó a celebrar un eslabón aislado de teoría monetaria, sino una arquitectura intelectual que conectó estabilización, empleo, ahorro, innovación y bienestar entre generaciones [cite:1].
Desde el punto de vista epistemológico, Phelps puede ubicarse principalmente dentro de la corriente neoclásica reformada y de algunos desarrollos que más tarde alimentarían a la nueva macroeconomía clásica y, sobre todo, a la neokeynesiana. Su insistencia en las expectativas, en los fundamentos microeconómicos y en la existencia de un desempleo de equilibrio, lo acercan a la ortodoxia contemporánea [cite:1]. Sin embargo, no encaja del todo en una versión rígida del paradigma. A diferencia de enfoques neoclásicos más abstractos, Phelps concedió importancia a las fricciones reales, a la imperfecta coordinación de los mercados, a la temporalidad de los ajustes y a dimensiones institucionales del empleo. Tampoco compartió la confianza simplista en que el mercado produce automáticamente resultados socialmente satisfactorios. En ese sentido, presenta ciertos rasgos heterodoxos: no por romper con la teoría dominante, sino por introducir en ella un problema genuino de coordinación, tiempo histórico y creatividad económica.
Visto desde una perspectiva poskeynesiana, el balance sobre Phelps debe ser matizado. Sus contribuciones al debate sobre inflación y desempleo obligaron a abandonar un uso ingenuo de la curva de Phillips y ayudaron a mostrar que las expectativas y la estructura del mercado laboral importan de manera decisiva [cite:1]. Esa corrección fue valiosa incluso para los críticos de la ortodoxia, porque impidió reducir la política económica a un manejo mecánico de agregados. Sin embargo, para la tradición poskeynesiana, representada por autores como Keynes, Kalecki, Hyman Minsky y Paul Davidson, el marco de Phelps deja en segundo plano la centralidad de la demanda efectiva en la hora de determinar el nivel de actividad y empleo. La idea de una tasa natural o de equilibrio puede sugerir que el desempleo gravita hacia un nivel determinado principalmente por factores reales e institucionales del mercado de trabajo, mientras que para la tradición kaleckiana y keynesiana el empleo depende en gran medida de las decisiones de inversión, gasto agregado y expectativas empresariales profundamente inciertas, que no pueden reducirse a ajustes estadísticos o adaptativos.
Desde esa misma óptica, también aparecen tensiones en torno al dinero y la incertidumbre. El poskeynesianismo insiste en la endogeneidad del dinero: el crédito no es un simple instrumento neutral controlado desde fuera por la autoridad monetaria, sino una variable creada dentro del proceso económico por bancos, empresas y hogares. Además, la incertidumbre relevante no siempre puede medirse con probabilidades, como lo resaltaron Keynes y Davidson, sino que es radical. Phelps, aun reconociendo la importancia del tiempo y de las expectativas, opera en un espacio teórico donde todavía es posible hablar de trayectorias de equilibrio y de retornos relativamente ordenados hacia ellas. Minsky, en cambio, pondría el acento en que las finanzas capitalistas generan inestabilidad endógena y episodios de fragilidad que no se dejan comprender del todo mediante una teoría del desempleo de equilibrio. En este punto, la crítica poskeynesiana no invalida a Phelps, pero sí señala que su enfoque resulta más convincente para pensar la inflación y el mercado laboral en condiciones normales que para explicar crisis profundas, periodos largos de estancamiento o economías con inestabilidad financiera.
El legado de Phelps, en conjunto, merece una valoración alta y a la vez sobria. Fue uno de los economistas que mejor entendió que la macroeconomía es inseparable del tiempo histórico y de los efectos que las decisiones del presente producen sobre las decisiones del futuro [cite:1]. Su obra ayudó a desmontar simplificaciones peligrosas, abrió caminos para integrar expectativas, empleo y acumulación, y más tarde defendió una visión del capitalismo asociada con innovación y realización personal. No obstante, su marco conserva límites claros cuando se lo examina desde la perspectiva poskeynesiana: tiende a subestimar el rol de la demanda efectiva, la creación endógena de dinero y la incertidumbre radical que atraviesa a las economías monetarias de producción. Precisamente por eso sigue siendo un autor relevante al día de hoy: no porque cierre el debate, sino porque obliga a repensarlo en un entorno donde el mercado laboral se vuelve el foco de atención frente a nuevos retos como la I.A.
Ahora que Estados Unidos está dividido por la política interna, se está distanciando de sus aliados y, una vez más, se ve envuelto en una guerra en el Golfo Pérsico, este parece ser un momento oportuno para que China se haga con el liderazgo mundial. Sin embargo, Pekín ha evitado sacar partido de estos conflictos con una postura pública firme. En lugar de enfrentarse a Estados Unidos defendiendo a Irán, un socio estratégico de larga data en la región, China ha brindado solo apoyo indirecto y, en gran medida, se ha mantenido al margen.
El estrecho de Ormuz se ha convertido en el centro del mundo. Mientras que la guerra de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica provoca muerte, destrucción y contaminación en todo Oriente Medio, la economía mundial en su conjunto se prepara para las consecuencias del conflicto. El tráfico marítimo a través de este estrecho paso se ha paralizado casi por completo. Los precios del crudo ya se han disparado a más de 100 dólares por barril, frente a los 60 dólares por barril de principios de año, mientras que los precios de la gasolina están subiendo y las aerolíneas anuncian subidas de precios. Los gobiernos de los países importadores de petróleo se apresuran a contener las consecuencias, anunciando medidas que van desde semanas laborales más cortas para ahorrar combustible hasta regulaciones de precios. Lo que aún no están debatiendo —y deberían hacerlo— es quién, exactamente, está a punto de hacerse muy rico con todo esto.
Introducción Algunos consideraron que el análisis de nuestro artículo «El ataque a Irán: el punto de inflexión decisivo de la historia del siglo XXI» era una exageración; sin embargo, parece que teníamos toda la razón: el mayor error geopolítico del siglo XXI hasta la fecha —el último de una serie de decisiones equivocadas— redibujará el mapa de Oriente Medio. Las partes que dominarán la toma de decisiones en el futuro en uno de los centros de energía y transporte más importantes del mundo serán distintas de las que conocemos hoy. Está comenzando un punto de inflexión en la historia mundial, algo impensable para Occidente.
En algunas ocasiones los premios en honor a Alfred Nobel en Economía nos han sorprendido gratamente, alejándose del Mainstream o de los aportes en la construcción de herramientas econométricas. Tenemos el caso de Amartya Sen, Elionor Ostrom, Joshep Stiglitz, Claudia Goldin, Daron Acemoglu, entre otros que han planteado diversos enfoques de teoría económica o nuevos instrumentos para entender parcelas de la realidad objetiva que no han sido analizados o descuidados por el paradigma vigente.
[1]Emiliano López es investigador del CONICET-Universidad Nacional de La Plata y economista jefe del Instituto de Investigación Social Tricontinental. Su trabajo reciente desarrolla marcos renovados para el análisis de la dependencia como piedra angular de la economía política del Sur Global en la era multipolar.Shiran Illanperuma es investigador en el mismo Insttituto, además de coeditor de la edición internacional de Wenhua Zongheng: Revista de pensamiento chino contemporáneo. Es profesor visitante en el Centro Bandaranaike de Estudios Internacionales.Su investigación actual se centra en el desarrollo y la política industrial en Asia.
La propuesta de Ley Orgánica de Eficiencia Económica y Sostenibilidad Territorial, presentada por el Ejecutivo a la Asamblea Nacional con carácter de urgente en materia económica, se da en un ambiente de tensión entre los gobiernos locales y el Gobierno nacional, debido a las deudas persistentes que mantiene el Estado central con prefecturas, municipios y gobiernos parroquiales.
Bajo una narrativa de optimización del gasto, subyace un riesgo de recentralización y asfixia financiera para los Gobiernos Autónomos Descentralizados (GAD) de menor tamaño, especialmente aquellos con limitada capacidad de recaudación.