
Imagen: Generada por IA en base de la foto de R. Talaie
Por: Guido Duque Suárez y Juan Gonzales
La reciente muerte de Edmund S. Phelps en mayo de 2026 marca el cierre de una de las trayectorias intelectuales más influyentes de la economía contemporánea. A lo largo de más de seis décadas de producción académica, Phelps contribuyó decisivamente a transformar la manera en que la teoría macroeconómica comprende la relación entre inflación, desempleo, expectativas, acumulación de capital y crecimiento económico. Formado en Yale y profesor durante gran parte de su carrera en Columbia University, su obra dejó una huella profunda tanto en la investigación económica como en los debates sobre política pública.
Su importancia histórica no radica únicamente en haber anticipado algunas de las discusiones centrales de la política monetaria moderna, sino también en haber puesto de relieve la dimensión intertemporal de las decisiones económicas. Desde esta perspectiva, cuestiones como el control de la inflación, la formación del ahorro, la inversión productiva o la innovación tecnológica implican elecciones entre costos presentes y beneficios futuros. Esta preocupación por los incentivos, las expectativas y la capacidad creativa de las economías capitalistas constituyó uno de los ejes permanentes de su pensamiento.
Sin embargo, la influencia de Phelps no estuvo exenta de controversias. Sus contribuciones suscitaron importantes debates con diversas corrientes heterodoxas, particularmente con la tradición poskeynesiana, que cuestionó varios de los supuestos teóricos sobre los que descansan sus modelos. Precisamente por ello, examinar su legado exige no solo reconocer la originalidad y el impacto de sus aportes, sino también evaluar críticamente los límites y tensiones de su obra. Analizaremos las principales contribuciones de Phelps a la teoría económica moderna y analizar su vigencia a la luz de los debates que continúan moldeando la macroeconomía contemporánea.
La trayectoria intelectual del profesor Phelps es amplia, pero algunas contribuciones destacan por su impacto duradero. La primera de ellas es su reformulación de la curva de Phillips a fines de los años sesenta. Frente a la visión dominante de la época, que establecía una relación negativa estable entre inflación y desempleo que los hacedores de políticas públicas podían explotar de forma relativamente permanente, Phelps sostuvo que esa relación dependía de las expectativas inflacionarias de empresas y trabajadores [cite:1]. Si los agentes ajustan sus expectativas a la inflación observada, una expansión de la demanda puede reducir el desempleo solo transitoriamente; pero al largo plazo, la economía retorna a una tasa de desempleo de equilibrio y el intento de sostener el empleo por debajo de ese nivel termina produciendo inflación creciente [cite:1]. Esta idea, conocida como curva de Phillips aumentada por expectativas, modificó de raíz la teoría y la práctica de la política macroeconómica, y dialogó de manera muy estrecha con el planteamiento de Milton Friedman. Sin embargo, Phelps priorizó los fundamentos microeconómicos del ajuste salarial y del funcionamiento del mercado de trabajo [cite:1].
Relacionado con el aporte anterior, aparece su teoría de la tasa natural o de equilibrio de desempleo. Phelps argumentó que el desempleo compatible con la estabilidad inflacionaria no es un residuo accidental, sino el resultado de mecanismos concretos del mercado laboral, entre ellos la búsqueda de empleo, las fricciones de emparejamiento y la fijación salarial por parte de las firmas [cite:1]. El documento de la Academia Sueca destaca además que Phelps fue pionero en incorporar a la macroeconomía elementos de la hipótesis de salarios de eficiencia, según la cual a veces conviene a las empresas pagar salarios relativamente altos para elevar la moral, reducir la rotación o atraer trabajadores más calificados [cite:1]. Con ello, el desempleo dejó de verse únicamente como insuficiencia de demanda agregada y pasó a entenderse también como un fenómeno dinámico con estrechos vínculos con los incentivos, expectativas y en la estructura institucional del mercado de trabajo [cite:1].
Justamente por esos vínculos, este enfoque resulta particularmente revelador para entender el cada vez más precario mercado laboral de los países en desarrollo. Allí, como contraste de los supuestos de la teoría dominante, predomina un empleo de baja productividad en el sector servicios, una manufactura con escasa innovación y la estructura productiva depende en gran medida de materias primas de exportación con bajo valor agregado. De allí que estas ideas invitan a repensar las políticas laborales en estos contextos, orientándolas hacia la capacitación de los trabajadores y alejándolas de estrategias de precarización que, aunque frecuentes en la actualidad, terminan siendo contraproducentes. Asimismo, el sector empresarial, a menudo concentrado en la maximización de su ganancia en el corto plazo, está llamado a superar esas miradas cortoplacistas y a incorporar estas recomendaciones como una vía para innovar y fortalecer su cadena productiva.
Una segunda línea de trabajo, menos difundida en el debate público, pero igual de influyente, fue su teoría de la acumulación y del crecimiento. En su célebre formulación de la “regla de oro” de la acumulación, Phelps planteó que una economía debe buscar la trayectoria de ahorro e inversión que permita maximizar el consumo per cápita sostenible en el largo plazo [cite:1]. El punto clave es ético y económico a la vez: la distribución del bienestar entre generaciones importa, y por tano la elección entre consumir hoy o invertir mañana no puede tratarse como una cuestión puramente técnica [cite:1]. A su vez, Phelps amplió esta preocupación hacia el capital humano y la investigación y desarrollo. En su trabajo con Richard Nelson subrayó que una fuerza laboral más educada facilita la adopción y difusión de nuevas tecnologías, un aspecto decisivo para explicar por qué algunos países logran converger hacia mayores niveles de productividad [cite:1]. En este terreno, su reflexión establece un diálogo indirecto con la tradición del crecimiento endógeno, aunque Phelps mantuvo siempre un interés más amplio por los fundamentos morales y sociales de la acumulación que por la sola formalización matemática [cite:1].
A ese recorrido debe añadirse una faceta más tardía, pero central para comprender su perfil intelectual completo: su defensa del “capitalismo del dinamismo”. En libros y ensayos posteriores a sus trabajos macroeconómicos clásicos, Phelps sostuvo que las economías más exitosas no son necesariamente las que maximizan la coordinación burocrática o la mera estabilidad, sino aquellas que fomentan la experimentación descentralizada, la innovación cotidiana y la participación creativa de amplias capas de la sociedad en la vida productiva. Este aspecto introduce un matiz singular en su pensamiento: aunque su caja de herramientas analítica pertenece en gran medida a la macroeconomía ortodoxa, su preocupación por la vitalidad cultural del capitalismo, por el sentido del trabajo y por la inclusión en los procesos de innovación lo aleja de una visión puramente mecánica del mercado.
El Premio Nobel de Economía de 2006 reconoció precisamente ese doble alcance de su obra. La Academia Sueca destacó, por un lado, sus aportes al análisis intertemporal de la política macroeconómica, en particular la incorporación de las expectativas a la relación entre inflación y desempleo y la formulación de un marco para comprender el desempleo de equilibrio [cite:1]. Por otro lado, subrayó sus contribuciones a la teoría de la formación de capital, la regla de oro de la acumulación, la ineficiencia dinámica, las preferencias intertemporales y el papel del capital humano y la investigación en el crecimiento [cite:1]. El premio, por tanto, no se limitó a celebrar un eslabón aislado de teoría monetaria, sino una arquitectura intelectual que conectó estabilización, empleo, ahorro, innovación y bienestar entre generaciones [cite:1].
Desde el punto de vista epistemológico, Phelps puede ubicarse principalmente dentro de la corriente neoclásica reformada y de algunos desarrollos que más tarde alimentarían a la nueva macroeconomía clásica y, sobre todo, a la neokeynesiana. Su insistencia en las expectativas, en los fundamentos microeconómicos y en la existencia de un desempleo de equilibrio, lo acercan a la ortodoxia contemporánea [cite:1]. Sin embargo, no encaja del todo en una versión rígida del paradigma. A diferencia de enfoques neoclásicos más abstractos, Phelps concedió importancia a las fricciones reales, a la imperfecta coordinación de los mercados, a la temporalidad de los ajustes y a dimensiones institucionales del empleo. Tampoco compartió la confianza simplista en que el mercado produce automáticamente resultados socialmente satisfactorios. En ese sentido, presenta ciertos rasgos heterodoxos: no por romper con la teoría dominante, sino por introducir en ella un problema genuino de coordinación, tiempo histórico y creatividad económica.
Visto desde una perspectiva poskeynesiana, el balance sobre Phelps debe ser matizado. Sus contribuciones al debate sobre inflación y desempleo obligaron a abandonar un uso ingenuo de la curva de Phillips y ayudaron a mostrar que las expectativas y la estructura del mercado laboral importan de manera decisiva [cite:1]. Esa corrección fue valiosa incluso para los críticos de la ortodoxia, porque impidió reducir la política económica a un manejo mecánico de agregados. Sin embargo, para la tradición poskeynesiana, representada por autores como Keynes, Kalecki, Hyman Minsky y Paul Davidson, el marco de Phelps deja en segundo plano la centralidad de la demanda efectiva en la hora de determinar el nivel de actividad y empleo. La idea de una tasa natural o de equilibrio puede sugerir que el desempleo gravita hacia un nivel determinado principalmente por factores reales e institucionales del mercado de trabajo, mientras que para la tradición kaleckiana y keynesiana el empleo depende en gran medida de las decisiones de inversión, gasto agregado y expectativas empresariales profundamente inciertas, que no pueden reducirse a ajustes estadísticos o adaptativos.
Desde esa misma óptica, también aparecen tensiones en torno al dinero y la incertidumbre. El poskeynesianismo insiste en la endogeneidad del dinero: el crédito no es un simple instrumento neutral controlado desde fuera por la autoridad monetaria, sino una variable creada dentro del proceso económico por bancos, empresas y hogares. Además, la incertidumbre relevante no siempre puede medirse con probabilidades, como lo resaltaron Keynes y Davidson, sino que es radical. Phelps, aun reconociendo la importancia del tiempo y de las expectativas, opera en un espacio teórico donde todavía es posible hablar de trayectorias de equilibrio y de retornos relativamente ordenados hacia ellas. Minsky, en cambio, pondría el acento en que las finanzas capitalistas generan inestabilidad endógena y episodios de fragilidad que no se dejan comprender del todo mediante una teoría del desempleo de equilibrio. En este punto, la crítica poskeynesiana no invalida a Phelps, pero sí señala que su enfoque resulta más convincente para pensar la inflación y el mercado laboral en condiciones normales que para explicar crisis profundas, periodos largos de estancamiento o economías con inestabilidad financiera.
El legado de Phelps, en conjunto, merece una valoración alta y a la vez sobria. Fue uno de los economistas que mejor entendió que la macroeconomía es inseparable del tiempo histórico y de los efectos que las decisiones del presente producen sobre las decisiones del futuro [cite:1]. Su obra ayudó a desmontar simplificaciones peligrosas, abrió caminos para integrar expectativas, empleo y acumulación, y más tarde defendió una visión del capitalismo asociada con innovación y realización personal. No obstante, su marco conserva límites claros cuando se lo examina desde la perspectiva poskeynesiana: tiende a subestimar el rol de la demanda efectiva, la creación endógena de dinero y la incertidumbre radical que atraviesa a las economías monetarias de producción. Precisamente por eso sigue siendo un autor relevante al día de hoy: no porque cierre el debate, sino porque obliga a repensarlo en un entorno donde el mercado laboral se vuelve el foco de atención frente a nuevos retos como la I.A.
Phelps, E. S. (1961). The golden rule of accumulation: A fable for growthmen. The American Economic Review, 51(4), 638–643.
Phelps, E. S. (1970). Microeconomic foundations of employment and inflation theory. Norton.
Phelps, E. S. (1972). Inflation policy and unemployment theory. Norton.
The Royal Swedish Academy of Sciences. (2006). The Prize in Economic Sciences 2006: Information for the public [PDF]. Nobel Prize. https://www.nobelprize.org/uploads/2018/06/popular-economicsciences2006.pdf
