Autores: Nicholas Bequelin[1] y Yaqiu Wang[2]

Publicado primero en: https://foreignpolicy.com/2026/09/17/china-iran-trump-debacle-foreign-policy-war-trade-sanctions/
Responsable de la traducción: Miguel Ruiz / Traducción solo con fines divulgativos
Cuando los historiadores del futuro analicen el segundo mandato del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, es probable que la debacle de Irán se considere un punto de inflexión decisivo en su presidencia. El conflicto puso de manifiesto los límites del poder estadounidense. Aisló a Estados Unidos en el ámbito internacional, aumentó las presiones inflacionistas sobre la economía mundial y llevó los índices de aprobación del presidente a mínimos sin precedentes justo antes de las elecciones de mitad de legislatura.
Pero es posible que, en última instancia, los historiadores consideren que otro acontecimiento tuvo consecuencias mucho más trascendentales: el fracaso de la política de Trump respecto a China. Durante el primer año y medio de la administración, Estados Unidos permitió que su rival geopolítico más formidable ganara terreno en casi todos los frentes, desde la economía y el equilibrio militar hasta la ciencia, la tecnología y la influencia geopolítica.
China, contrariamente a lo que sostienen muchos comentarios, tiene poco interés en construir un «orden mundial chino» inspirado en la Pax Americana de la posguerra. Sin embargo, está decidida a limitar el poder estadounidense, apartar a Estados Unidos de su posición dominante en Asia, mermar su influencia financiera, debilitar las instituciones internacionales orientadas hacia Occidente y desacreditar su sistema democrático. Pekín busca, en otras palabras, acelerar la tendencia histórica que el presidente Xi Jinping ha descrito como el auge de Oriente y el declive de Occidente. En menos de dos años, la Administración Trump ha hecho mucho por acercar ese resultado.
Cuando Xi visite Washington el 24 de septiembre, la pompa de la cumbre no debería ocultar el panorama general: hasta qué punto y con qué rapidez se ha inclinado la balanza de poder a favor de Pekín. China ha capeado la guerra comercial, ha reducido la brecha tecnológica, ha reforzado su influencia sobre las cadenas de suministro críticas, ha aumentado la presión sobre Taiwán y ha estrechado sus lazos con Rusia y gran parte del Sur Global. Se encuentra en una posición más ventajosa frente a Estados Unidos que cuando Trump volvió a ocupar el cargo.
Si aún no se ha reconocido a China como el mayor fracaso de Trump en política exterior, probablemente se deba a dos factores principales: la falta de objetivos claramente definidos por parte de la Administración, con los que poder evaluar su actuación, y el carácter a largo plazo del daño causado. A diferencia de lo ocurrido con Irán, Trump y su Administración nunca establecieron una jerarquía clara de objetivos respecto a China. De hecho, la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 de la Administración no identificó a China como el principal competidor geopolítico de Estados Unidos. En su lugar, enmarcó el desafío que plantea China principalmente en términos económicos, a pesar de que otras partes de la Administración seguían considerando a Pekín como una importante amenaza militar, tecnológica y de seguridad. El daño también resulta más difícil de apreciar porque, en lugar de manifestarse en una única crisis muy visible como la de Irán, los costes de una política fallida hacia China solo se van revelando con el paso del tiempo.
Trump interviene durante un acto de campaña dirigido a los habitantes de Pensilvania preocupados por la amenaza que supone China para la agricultura estadounidense, en una granja de Smithton (Pensilvania), el 23 de septiembre de 2024.Win McNamee/Getty Images
Ya se aprecian algunos fracasos de las políticas económicas de la Casa Blanca respecto a China: la Administración no ha reducido el déficit comercial, no ha disminuido de forma significativa las vulnerabilidades económicas de Estados Unidos y no ha impedido que Pekín acorte distancias en la competencia en materia de inteligencia artificial.
El primer ejemplo es el déficit comercial. A pesar de haber sido durante mucho tiempo la bestia negra de Trump, la balanza de pagos apenas ha mejorado. Es muy posible que el Gobierno afirme que «la política comercial “America First” está funcionando» y que «China ya no es el socio comercial con el que Estados Unidos tiene su mayor déficit comercial». Sin embargo, tal y como demuestra un estudio reciente del Instituto Peterson, el efecto neto de la guerra comercial no ha sido más que desviar las exportaciones chinas a través de terceros países, principalmente Vietnam, Taiwán y México. Si se comparan con los considerables costes que la volatilidad arancelaria ha impuesto a los fabricantes y consumidores estadounidenses, la política arancelaria de Trump ha tenido un impacto neto negativo para la economía de EE. UU.
En segundo lugar, y lo que es más grave, la Administración Trump no logró reducir de manera significativa la dependencia de la economía estadounidense respecto a China en materia de cadenas de suministro. Me refiero a las tierras raras y los imanes, los denominados «puntos de estrangulamiento» que la Administración, inexplicablemente, no supo anticipar que Pekín utilizaría como arma de presión frente a los aranceles punitivos de Washington. Sin embargo, en términos más generales, esto también es cierto para amplios sectores de insumos industriales fundamentales para la industria manufacturera estadounidense. Tras amenazar con subir los aranceles, por ejemplo, se le recordó rápidamente a la Casa Blanca que los ingresos de los agricultores estadounidenses dependían en gran medida de las compras chinas de soja y productos animales. Como resultado, cuando Pekín tomó represalias, Trump se vio obligado a alcanzar una tregua.
Las implicaciones más amplias para la seguridad económica de EE. UU. son igualmente significativas. Al igual que Irán descubrió, al bloquear el estrecho de Ormuz, que su influencia sobre Estados Unidos era mayor de lo que podría haber imaginado antes de la guerra, China ha demostrado que puede resistir, encontrar soluciones alternativas y tomar represalias incluso contra las medidas de guerra comercial más agresivas de Washington. El acuerdo de Busan de octubre de 2025, cuando Trump y Xi se reunieron al margen de la reunión de la Cooperación Económica Asia-Pacífico, lo dejó claro: Trump abandonó su amenaza de aplicar un arancel adicional del 100 % a las importaciones chinas a cambio de una frágil tregua en materia de tierras raras, soja, fentanilo y controles a la exportación. El resto del mundo tomó buena nota de los límites de la influencia económica estadounidense sobre China.
Lo más perjudicial a largo plazo es la incapacidad de la administración para mantener la ventaja, en su día considerable, de Estados Unidos sobre China en materia de inteligencia artificial. Estados Unidos sigue a la cabeza, pero China ha ganado terreno tanto en innovación como en adopción. Sus grandes modelos de lenguaje ahora rivalizan y, en algunas funciones, superan a los modelos estadounidenses a una fracción del coste. La popularidad de los modelos de peso abierto de China, combinada con su fortaleza en el sector manufacturero y su liderazgo en el despliegue de robots industriales, le confiere importantes fortalezas a la hora de difundir la IA tanto a nivel nacional como internacional. Además, está avanzando de forma constante para superar su principal debilidad: la limitada potencia de cálculo.
Trump sigue afirmando que Estados Unidos «le lleva mucha ventaja a China» en materia de IA. Pero esa ventaja se está reduciendo, y no solo por la política y el ingenio chinos. La Administración ignoró los requisitos de su propia estrategia y fue incoherente a la hora de aplicar las herramientas que heredó. No logró mantener los controles de la era Biden sobre los semiconductores avanzados y actuó con demasiada lentitud frente a soluciones alternativas previsibles. Esto permitió a las empresas chinas entrenar modelos con chips prohibidos obtenidos directamente o a través de terceros países. Los controles a la exportación pueden ganar tiempo, pero su eficacia depende de anticipar cómo se adaptará un rival. La Administración se mantuvo ocupada incluyendo empresas en listas negras, pero su enfoque siguió siendo desordenado y reactivo, mientras que China trabajó metódicamente para reducir la brecha mediante una combinación de investigación básica y aplicada, innovación en los procesos y la explotación encubierta de los avances y capacidades de las empresas estadounidenses de IA.
Algunos observadores objetarán que el balance general sigue favoreciendo a Washington: la economía estadounidense avanza a toda marcha, los mercados se sitúan en máximos históricos y las empresas estadounidenses cuentan con una capitalización mayor que nunca. Mientras tanto, China se enfrenta a las secuelas de la burbuja inmobiliaria y la deuda, a tendencias demográficas adversas y a un control político asfixiante. Pero esta visión puntual pasa por alto la tendencia a largo plazo. La historia económica demuestra que el poder nacional depende menos de la mera innovación científica y tecnológica que de la capacidad de dominar el ciclo completo de una nueva tecnología de uso general: descubrimiento, comercialización y difusión a gran escala. Según ese criterio, el panorama es mucho menos favorable para Estados Unidos.
Mientras Washington ataca a las universidades, ahuyenta al talento mediante normas de inmigración punitivas y somete la financiación científica a un control político, China va camino de producir casi el doble de doctorados en STEM cada año, está registrando más patentes que Estados Unidos (al tiempo que reduce la brecha en las de alta calidad) y está reclutando activamente el talento que Estados Unidos rechaza. Mientras la Casa Blanca desmantela el apoyo a la energía eólica, los vehículos eléctricos y otras industrias de energía limpia, China está consolidando su dominio mundial en baterías, energía solar y vehículos eléctricos. Y mientras Washington aleja a sus socios comerciales con aranceles, amenazas y la ruptura de acuerdos comerciales de larga data, China está ampliando su propia red de acuerdos comerciales y de acceso a los mercados, ganando cuota de mercado en todo el mundo y registrando superávits récord impulsados cada vez más por las exportaciones de alta tecnología.
Washington también ha perdido terreno en el ámbito militar y de seguridad. El interés estratégico de larga data de Estados Unidos en la región de Asia-Pacífico ha consistido en impedir que China se convierta en la potencia hegemónica de la región. Esa estrategia depende de contrarrestar a China mediante la cooperación con otras potencias regionales y de disuadir a China de recurrir a la fuerza contra Taiwán. Esto, a su vez, requiere una presencia militar estadounidense sustancial en la región, un discurso creíble sobre Taiwán y alianzas sólidas y eficaces.
En todos estos aspectos, la disuasión se ha debilitado bajo el mandato de Trump. El aspecto más visible es el desvío de fuerzas. Al iniciar una guerra contra Irán, la Administración Trump ha desviado considerables recursos de la región de Asia-Pacífico. El despliegue del USS George Washington desde Japón hacia Oriente Medio dejó al Pacífico occidental sin ningún portaaviones estadounidense. El conflicto también ha consumido grandes cantidades de misiles de precisión de muy largo alcance, interceptores Patriot, interceptores THAAD y misiles Tomahawk, fundamentales en cualquier conflicto con China.
La comunicación tampoco ha ido mejor. Desde finales de 2025, Pekín ha llevado a cabo sus mayores y más cercanas maniobras en torno a Taiwán, ha lanzado cohetes a las aguas circundantes, ha ensayado operaciones de bloqueo, ha simulado ataques contra sistemas suministrados por EE. UU. y ha realizado estudios marítimos en la zona económica exclusiva de Taiwán, frente a la costa oriental de la isla. Washington ha protestado por algunas de estas medidas y se ha comprometido a seguir prestando apoyo a Taiwán. Pero el hecho de que Trump haya utilizado un paquete de armas por valor de 14 000 millones de dólares como «moneda de cambio» ha indicado a Pekín que considera la seguridad de Taiwán como algo que puede intercambiarse por concesiones en otros ámbitos de la relación.
En toda la región, el debilitamiento de las garantías de seguridad por parte de Estados Unidos está empujando a los países a adoptar una postura cautelosa en sus relaciones con Pekín como forma de equilibrio estratégico. Corea del Sur es un claro ejemplo de ello. Trump ordenó al Pentágono que «redujera sustancialmente» las maniobras militares anuales entre Estados Unidos y Corea del Sur, alegando la negativa de Seúl a apoyar la guerra contra Irán y su «excelente relación» con el líder norcoreano Kim Jong-un, a quien calificó de «no amenazante y respetuoso». Por su parte, el presidente surcoreano Lee Jae-myung ha anunciado que busca la «restablecimiento total» de las relaciones con China. Washington también ha tensado innecesariamente su relación con la India, cultivada pacientemente a lo largo de varias administraciones como contrapeso regional clave frente a China. Pekín y Nueva Delhi siguen desconfiando mutuamente, pero están convergiendo de forma pragmática a través del BRICS en torno a sistemas comerciales y financieros alternativos, al margen de la injerencia estadounidense.
Estados Unidos sigue contando con el ejército más formidable del mundo, y China aún está muy lejos de igualar su alcance global. Sin embargo, las fuerzas estadounidenses deben cumplir con sus compromisos en todo el mundo, mientras que China se concentra en objetivos más específicos cerca de sus costas. En el Pacífico occidental, Trump ha reducido los recursos estadounidenses disponibles de forma inmediata, ha generado una mayor incertidumbre en torno a Taiwán y ha minado la confianza entre los aliados clave. Todos estos cambios favorecen el objetivo general de Pekín de convencer a los Estados de la región de que el poder estadounidense no es fiable y de que resistirse a la influencia china resulta demasiado costoso.
Por su parte, la Administración sostiene que liberarse de las cargas financieras y diplomáticas y demostrar su disposición a recurrir al poder duro compensa los costes que supone minar la confianza de los aliados. Sin embargo, desde la perspectiva de Pekín, el deterioro de la densa red de alianzas de Estados Unidos supone un regalo inesperado.
China lleva mucho tiempo teniendo dificultades para competir con Estados Unidos en materia de poder blando, ya que el autoritarismo del Partido Comunista Chino, las violaciones de los derechos humanos y la diplomacia de los «guerreros lobo» limitan su atractivo. Bajo el mandato de Trump, la brecha ha comenzado a reducirse, no porque China haya superado estos lastres, sino debido al fuerte deterioro de la imagen de Estados Unidos en el extranjero. Las políticas de Trump han debilitado tres pilares del poder blando estadounidense. Han socavado el atractivo de los valores políticos del país, han dañado su reputación como socio fiable y generoso, y han erosionado la percepción arraigada de que el poder de Estados Unidos, en general, opera dentro de unas normas y restricciones, incluido el cumplimiento de los acuerdos formales.
A nivel nacional, la agresiva campaña de Trump contra la inmigración, la presión ejercida sobre las universidades y las organizaciones de la sociedad civil de izquierdas, así como los ataques a la prensa, han dañado la reputación internacional de EE. UU. como modelo de libertad política. En una encuesta del Pew Research Center de 2026 realizada en 36 países, solo el 39 % de los encuestados afirmó que el Gobierno de EE. UU. respeta las libertades personales de su población; el 56 % afirmó que no es así. En casi todos los países en los que Pew disponía de datos comparables de 2021, la percepción del respeto estadounidense por las libertades individuales había caído en picado.
La cultura política «MAGA» de Trump también ha debilitado la imagen de Estados Unidos como una sociedad multicultural en la que personas de diferentes razas, religiones y orígenes nacionales pueden integrarse y prosperar. La retórica nativista de Trump y su intento de trazar límites más estrictos en torno a la identidad estadounidense socavan la credibilidad de Washington a la hora de condenar la intolerancia y la represión en el extranjero. Esto proporciona a los gobiernos autoritarios, incluida China, argumentos ya preparados para presentar como hipócrita el apoyo de EE. UU. a la democracia y los derechos humanos. El Índice Global de Soft Power 2026 de Brand Finance reflejó la misma tendencia: EE. UU. registró el mayor descenso entre los 193 países evaluados.
La ayuda exterior fue en su día otra fuente importante de influencia y buena voluntad estadounidenses. El desmantelamiento repentino de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) por parte de la Administración Trump trastocó los programas humanitarios y de desarrollo en todo el mundo. En 2025, la ayuda estadounidense se redujo en un 57 %. Ahora proporciona menos ayuda internacional que Alemania. Dejando a un lado el coste humano, esta retirada caótica conlleva su propio coste político: transmite a los países el mensaje de que Estados Unidos ya no cree que el desarrollo económico, la salud pública, la educación y la reducción de la pobreza en todo el mundo beneficien, en última instancia, a Estados Unidos.
Trump también ha recurrido cada vez más a la coacción militar, sin tener apenas en cuenta las leyes y normas internacionales que Estados Unidos ha defendido tradicionalmente. En enero, el Gobierno estadounidense capturó al presidente venezolano Nicolás Maduro y lo trasladó en avión a Nueva York. Trump dejó claro que la operación estaba motivada no tanto por el historial de Maduro como autócrata despiadado como por los recursos petroleros y la obediencia política de los dirigentes del país. Posteriormente, Washington llegó a un acuerdo petrolero en virtud del cual el Gobierno de Estados Unidos posee una participación del 35 por ciento en una empresa que controla los principales yacimientos venezolanos. En febrero, Estados Unidos e Israel iniciaron la guerra contra Irán, sin consultar a sus aliados ni siquiera tener en cuenta, de forma meramente formal, las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas. La Administración Trump también mantuvo el apoyo militar a Israel sin hacer ningún esfuerzo por abordar la creciente preocupación internacional por las víctimas civiles y la devastadora crisis humanitaria en Gaza.
La China de Xi no se ha vuelto más liberal a nivel nacional ni más benevolente a nivel internacional. Pero el poder blando es relativo. A medida que la imagen de Estados Unidos se deteriora, China gana terreno por defecto. Según un estudio reciente de Pew, China goza de una imagen más favorable que Estados Unidos en 25 de los países encuestados.
Esto también tiene una dimensión internacional más directa. La Administración Trump ha reducido la financiación, la presión diplomática y la presión coordinada que antes ejercían cierta influencia sobre los gobiernos autoritarios. Los recortes en la ayuda exterior y en los programas de democracia del Departamento de Estado, así como los intentos de recortar la financiación de la Fundación Nacional para la Democracia, han provocado una caída en picado del apoyo a la sociedad civil, los medios de comunicación independientes, la observación electoral y los mecanismos multilaterales de rendición de cuentas. Al contar con menos de estos mecanismos, Pekín ha ganado más margen para moldear las normas internacionales a su favor, ampliar su influencia política y mediática y reprimir a los críticos ante una resistencia menos coordinada.
La retirada de fondos destinados a las actividades relacionadas con los derechos humanos y la democracia en China, en particular, ha reducido el escrutinio tanto sobre la represión interna de Pekín como sobre su creciente influencia autoritaria en el extranjero. Las organizaciones centradas en China que supervisaban la disidencia, los derechos laborales y la persecución religiosa se vieron obligadas a suspender proyectos y a despedir personal, mientras que los recortes a Radio Free Asia interrumpieron una de las pocas fuentes de información sin censura en mandarín, tibetano y uigur. Estos recortes, junto con la suspensión de una iniciativa destinada a combatir la desinformación extranjera en EE. UU., han debilitado la capacidad para vigilar la censura y la propaganda chinas, así como los intentos de Pekín de vaciar de contenido el sistema de derechos humanos de la ONU.
Dado que el orden internacional de posguerra liderado por Estados Unidos favorecía la democracia liberal, los regímenes no democráticos han adolecido durante mucho tiempo de un déficit de legitimidad en foros internacionales como las Naciones Unidas, lo que ha limitado su capacidad para perseguir sus objetivos de política exterior en igualdad de condiciones normativas. Al debilitar esa restricción, la Administración Trump ha dado a China más libertad para remodelar el sistema internacional de forma que resulte más ventajosa para los Estados autoritarios, lo que supone un perjuicio a largo plazo para la democracia en el mundo y para los propios Estados Unidos.
En conjunto, resulta sorprendente hasta qué punto los reveses de Washington fueron autoinfligidos. A pesar de ser el rival geopolítico más formidable de Estados Unidos y uno de los pocos temas que contaban con apoyo bipartidista, China quedó prácticamente relegada como prioridad estratégica. La mayoría de las decisiones del Gobierno fueron incoherentes y reactivas. Trump también ha puesto de manifiesto lo vulnerable que era la economía estadounidense ante las acciones de China, lo que ha reducido las opciones políticas para futuros Gobiernos.
El hecho de que Estados Unidos haya permitido que China gane tanto terreno en tan poco tiempo resulta aún más sorprendente si se tiene en cuenta la relativa falta de habilidad de Pekín a la hora de sacar partido del desorden de Washington. Tal y como han argumentado David Shambaugh y Steven F. Jackson, China ha estado «desperdiciando una oportunidad de oro» creada por los pasos en falso de Trump. Debido a las amenazas de Pekín contra Taiwán y a sus reivindicaciones marítimas, muchos Estados están respondiendo a la falta de fiabilidad de EE. UU. adoptando una postura de cautela frente a ambas superpotencias, en lugar de inclinarse hacia China. Mientras tanto, las reformas económicas de Pekín se han estancado, y su formidable maquinaria exportadora está generando una reacción negativa incluso entre los países que se han alejado de Washington.
Pero China no necesita ganarse el apoyo del mundo para beneficiarse de la retirada de Estados Unidos. Al régimen de Xi le preocupa ante todo su propia seguridad y fomentar un entorno internacional que favorezca el ascenso continuado de China. En ambos aspectos, le va mejor ahora que hace 19 meses, con más mercados, más influencia y más margen para presionar a Taiwán. Quizá el mayor legado de Trump sea confirmar la convicción de Xi de que el tiempo juega a favor de China.
[1] Investigador principal del Centro Paul Tsai sobre China de la Facultad de Derecho de Yale y del Centro de la Asia Society sobre las Relaciones entre EE. UU. y China.
[2] Investigadora del Proyecto Penn sobre el Futuro de las Relaciones entre EE. UU. y China de la Universidad de Pensilvania.
