La ciencia tristemente obediente

Autora: Carolina Alves[1]

Publicado primero en: https://www.project-syndicate.org/commentary/economic-discipline-focus-on-empirical-research-reinforces-the-status-quo-by-carolina-alves-2026-09. Responsable de la traducción: Miguel Ruiz.

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La economía ha pasado las últimas tres décadas celebrando lo que denomina una «revolución de la credibilidad». Gracias a los experimentos naturales, los ensayos controlados aleatorios y unas técnicas estadísticas cada vez más sofisticadas, los economistas afirman haberse vuelto menos ideológicos y más científicos. La disciplina se enorgullece ahora de responder a las preguntas con hechos y pruebas, en lugar de con teorías y suposiciones.

En el corazón de esta transformación se esconde una paradoja. A medida que la economía ha mejorado en la identificación de los hechos, ha empeorado en la comprensión de las fuerzas que los generan. Los economistas actuales pueden indicarnos con notable precisión si una política concreta afecta al empleo, a la asistencia escolar, a la productividad de las empresas o a los ingresos de los hogares. Sin embargo, es poco probable que se pregunten por qué los mercados laborales, los sistemas educativos, las empresas o la desigualdad adoptan la forma que tienen en primer lugar.

Este no es un problema nuevo. Hace más de medio siglo, el economista de la Universidad de Stanford Paul Baran advirtió sobre la «falacia de la concreción errónea» —es decir, la tendencia a confundir los hechos observables con la realidad objetiva— en las ciencias sociales. A diferencia de las leyes físicas, los hechos sociales no son un don de la naturaleza. Los niveles salariales, las tasas de pobreza, la distribución de la riqueza, los resultados educativos y los patrones de empleo son producto de una serie de fuerzas y factores generados por el ser humano, como las instituciones, las relaciones de poder y los conflictos sociales. Cualquier ciencia social que los trate simplemente como datos corre el riesgo de confundir los resultados con las causas.

Algunos de los logros más destacados de esta disciplina demuestran que la economía contemporánea está cometiendo cada vez más precisamente este error. Los estudios sobre la movilidad social, en particular el trabajo de Raj Chetty, de Harvard, y sus colaboradores, han puesto de manifiesto cómo los barrios, los colegios y los entornos sociales locales determinan las oportunidades en la vida y la movilidad intergeneracional.

Las investigaciones sobre el salario mínimo, que comenzaron con el histórico experimento natural de David Card y Alan Krueger en el que se comparaban restaurantes de comida rápida de Nueva Jersey y Pensilvania, han aportado datos de gran influencia que demuestran que los aumentos del salario mínimo no reducen necesariamente el empleo. Card, junto con Guido Imbens y Joshua Angrist, ganó posteriormente el Premio Nobel por un trabajo que había «revolucionado la investigación empírica» y transformado la capacidad de los economistas para responder a preguntas causales.

Abhijit Banerjee y Esther Duflo, del MIT, junto con Michael Kremer, de la Universidad de Chicago, recibieron el Premio Nobel por su «enfoque experimental para aliviar la pobreza mundial», que se basó en ensayos controlados aleatorios para identificar intervenciones eficaces. Desde el nivel educativo hasta las tasas de vacunación, muchos economistas creen que los resultados de estos experimentos pueden transformar las políticas de desarrollo.

Todos estos logros son valiosos. Sin embargo, en cada caso, los economistas se limitan a informar de los resultados, lo cual es distinto de identificar las causas subyacentes. Determinar cómo afecta al empleo un aumento del salario mínimo no es lo mismo que demostrar por qué los salarios siguen siendo bajos. Explicar que los barrios influyen en la movilidad social no es lo mismo que desentrañar por qué persisten la segregación y la desigualdad espacial. Identificar qué intervención mejora la aceptación de las vacunas no es lo mismo que comprender los fundamentos sociales y económicos de la pobreza.

Este enfoque —que consiste en estudiar los ajustes dentro del sistema (qué ocurre cuando cambia una variable), en lugar del sistema en sí mismo (cómo surgieron las variables)— es cada vez más habitual. Un reciente metaanálisis de más de 44 000 documentos de trabajo sobre economía muestra que la proporción de afirmaciones documentadas mediante métodos de inferencia causal (en contraposición a las afirmaciones generales) se disparó del 4 % en 1990 a casi el 28 % en 2020, y que las revistas más prestigiosas valoran cada vez más los métodos de inferencia causal.

A medida que la economía se vuelve cada vez más capaz de generar conocimiento fiable sobre determinados aspectos de la realidad, corre el riesgo de perder capacidad para comprender el panorama en su conjunto. Hay quien podría argumentar que ese es el precio del rigor científico. Las grandes cuestiones sobre el capitalismo, el poder, las clases o las estructuras sociales son difíciles de comprobar empíricamente. Es mejor responder de forma fiable a preguntas concretas que responder mal a preguntas generales. Pero este argumento, a pesar de sus méritos, no tiene en cuenta que la investigación en economía no se limita a dar respuestas, sino que también define qué se considera una pregunta legítima.

Considerar el orden social como una condición estática tiene consecuencias intelectuales y políticas. Una ciencia social que no investiga la estructura subyacente de una sociedad trata las instituciones, las dinámicas de poder y las desigualdades que generan problemas económicos como algo natural e incluso inmutable. El statu quo se mantiene no mediante una defensa ideológica explícita, sino a través de la omisión analítica. Una disciplina comprometida con la objetividad se convierte en un vehículo para la apologética.

La advertencia de Baran sigue siendo tan relevante hoy como cuando la formuló por primera vez. El mayor peligro al que se enfrenta la economía no es la ideología disfrazada de ciencia. Es la creencia de que la ciencia puede progresar centrándose únicamente en los hechos observables, sin examinar las estructuras que los determinan. Identificar los efectos causales tiene su importancia, pero si se permite que los hechos se desvinculen de las fuerzas sociales que los sustentan, lo que parece ser conocimiento objetivo podría acabar constituyendo una visión parcial e incluso engañosa.

La solución no consiste en abandonar la investigación empírica. Más bien, consiste en garantizar que la búsqueda de la causalidad no sustituya a la búsqueda de la explicación. Más allá de identificar los efectos causales dentro de los ordenamientos existentes, los economistas deben investigar cómo se producen, se reproducen y se cuestionan dichos ordenamientos. Solo así el análisis empírico podrá llegar a ser verdaderamente crítico, en lugar de servir como una defensa sofisticada del statu quo. Como señala Baran, «negarse a aceptar como dato o a tratar como inmune al análisis cualquier parte del todo» es una «necesidad ineludible».

El objetivo de las ciencias sociales no es medir el mundo tal y como es, sino explicar por qué es así y cómo podría ser de otra manera. Cuando la economía olvida esta distinción, corre el riesgo de convertirse en una ciencia obediente. La gran ironía de la economía contemporánea es que nunca ha sido tan rigurosa… ni tan poco ambiciosa.


[1] Carolina Alves es profesora asociada de Economía en el Instituto para la Innovación y el Bien Público del University College de Londres y miembro del Girton College de la Universidad de Cambridge

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