Un balance del sector tributario
Lourdes C. Montesdeoca
Sin bien histórica y culturalmente, a todos nos causa rechazo la sola idea de pagar impuestos, hoy en día debemos ser conscientes de que, como lo señala Wendell Holmes “los impuestos son el precio por vivir en una sociedad civilizada”. Además, tanto los Estados modernos como los organismos multilaterales, consideran a los tributos no sólo como instrumentos que permiten recaudar recursos para el presupuesto general[1], sino que también se los puede utilizar para 1. redistribuir los ingresos que el mercado los asigna de manera desigual (Bourguignon & Spadaro, 2006). y 2. incentivar o disuadir ciertos comportamientos en los contribuyentes (Saez, 2004).
Con esto en mente, cabe preguntarse ¿cuál ha sido la política tributaria que ha guiado al gobierno nacional en los últimos dos años? En principio la respuesta es ninguna política articulada y coherente. Y, como sabemos, la no política ya es una política en sí misma. Lo cuál es hasta coherente con la ideología económico-política que profesa el presidente y su corte de libertarios. Como prueba de ello basta citar al excolaborador de gobierno Aparicio Caicedo, quien señalaba “hagan dinero y llévenlo a paraísos fiscales” y que “evadir impuestos no es un delito, es una obligación ética”. Tampoco es cosa menor señalar que el mismo presidente comenzó su mandato con el entramado offshore de paraísos fiscales, mismo que contempla una posible red internacional de empresas para la evasión de impuestos. Escándalo denominado por la prensa internacional como pandora papers.
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