Bayardo Tobar
A la luz de las experiencias políticas de la izquierda en América Latina y el Caribe, marcadas por victorias y derrotas, se evidencia que para construir una nueva sociedad no basta con derrotar militarmente a las Fuerzas Armadas que sostienen el statu quo, ni con triunfar en las elecciones y realizar cambios desde arriba hacia abajo, como sucedió con los gobiernos progresistas de la primera y segunda década del siglo XXI, que a pesar de implementar políticas antineoliberales, de redistribución y de afirmación de la soberanía, no lograron cambiar el sistema.
Todo proyecto emancipador en la sociedad capitalista encuentra su base en la obra y el pensamiento de Carlos Marx, quien explicó el funcionamiento del capitalismo y vislumbró políticamente el rumbo hacia el socialismo. Marx, nunca delineó un camino específico hacia el socialismo válido para todas las épocas y lugares. La manera de hacerlo depende de quienes asumen la tarea y su capacidad para abordar creativamente las realidades propias de cada país y su inserción en el sistema capitalista global. El marxismo no es el responsable del derrumbe, el fracaso o las desviaciones de los procesos que buscaban el socialismo.
Las experiencias fracasadas del socialismo han sido asimiladas y analizadas críticamente por diversos pensadores latinoamericanos como Manuel Agustín Aguirre, Agustín Cueva, Bolívar Echeverría, Pablo González Casanova, Enrique Dussel, Franz Hinkelammert, Julio Boltvinik, Raúl Zibechi, Gilberto López y Rivas, entre otros. Análisis y crítica no para renunciar sino para continuar la tarea hasta alcanzar el objetivo estratégico, el cambio del sistema.
Es crucial reconocer que la revolución no necesariamente implica violencia. La esencia de la revolución radica en el cambio de las estructuras, como señalaba Franz Hinkelammert. Durante el primer período progresista, en particular en Bolivia y Ecuador, la posibilidad de cambio estuvo presente sin necesidad de recurrir a la violencia. Sin embargo, esta oportunidad no fue aprovechada.
Para evitar repetir las limitaciones y contradicciones del progresismo, es imperativo recordar que ganar elecciones no es suficiente. No se trata solo de tomar el Estado sino de cambiarlo, construir nuevas instituciones, construir una democracia participativa fomentando la participación popular y reestructurando las instituciones; y para lograrlo un gobierno de izquierda debe apoyarse en las organizaciones de trabajadores y los movimientos sociales, fortaleciéndolos en lugar de desarticularlos o criminalizar sus acciones.
En el camino de la transformación del sistema, en sociedades plurinacionales como la ecuatoriana, hacer la revolución también “implica la construcción cotidiana de nuevos mundos, distintos y autónomos”, como sostiene Raúl Zibechi. Implica, fortalecer las formas comunitarias, cooperativas y asociativas de producción, así como promover la provisión masiva de bienes públicos y la solidaridad social para hacer frente a las catástrofes derivadas del progreso capitalista, en particular la destrucción ambiental y sus efectos: sequía, inundaciones, pandemias y guerras.
En suma, proteger, estimular y expandir las alternativas (proto) socialistas que ya existen en el sistema actual, fortaleciendo así el potencial de desplazar al capitalismo dominante y crear un mundo más justo y sostenible. Trabajar desde las comunidades y los gobiernos locales para construir alternativas emancipatorias que transformen el «ningún lugar» de la utopía en el «aquí y ahora» de la realidad.
